El mareo comenzó mientras Baldomero Muñoz trabajaba en los campos de moras de Oregón.
Eso no lo detuvo. Siguió piscando.
A la mañana siguiente, le dolía mucho la cabeza y los pulmones. Unos días después, dio positivo en la prueba de COVID-19, una enfermedad de la que, según él, todavía no se ha recuperado del todo cinco años después.
“Todavía siento como si tuviera flema en los pulmones,” dijo Muñoz.
El COVID persistente entre los trabajadores agrícolas latinos se ha convertido en un tema recurrente en Washington. Según una investigación del Centro Latino para la Salud de la Universidad de Washington, se estima que el 41,2 % de los trabajadores agrícolas padecen COVID persistente, una de las tasas más altas en comparación con otras profesiones. Una teoría apunta a que el acceso tardío a la vacuna se debe a problemas económicos o a la desconfianza de vacunarse.
Christine Jaquish, médica del Mid-Valley Hospital and Clinic en Omak, describe el COVID persistente como una afección que se presenta después de que una persona ha tenido el virus y continúa sintiendo una variedad de síntomas diferentes y duraderos, a pesar de dar negativo en la prueba.
“Los síntomas siguen afectando al funcionamiento diario del paciente, a su calidad de vida y a su capacidad para volver a la escuela o al trabajo,” dijo Jaquish.
‘Sentía que la cabeza me iba a explotar’
Confundido, observaba a su madre recoger tierra, besarla y bendecirla. Su padre, arrodillado sobre el suelo, también bendecía cada cosecha: maíz, semillas de calabaza, frijoles pintos.
“Yo era muy joven cuando hacía eso, así que simplemente lo miraba preguntándome qué estaría diciendo,” dijo Muñoz. “Eso es algo que nunca olvidaré.”
Muñoz, ahora 75 años, dijo que la conexión que su familia tenía con la naturaleza lo hace sentir honrado de trabajar como campesino. Comentó que escribe sus propias canciones sobre el campo y las canta mientras trabaja, a pesar de que no escribe bien y no sabe leer.
Según contó, Muñoz asistió a la escuela durante dos años antes de que lo sacaran para trabajar con su padre, ganando 18 centavos al día.
“Me inspira la tierra, los animales,” dijo. “Por ejemplo, hoy, al volver del trabajo, vi las ramas y los árboles; parecían casi como si estuvieran peleando. Estas cosas me resultan poéticas.”
En 1994, Muñoz emigró de México a Oregón, donde se dedicó a piscar las fresas, y con el tiempo empezó a ir y venir entre Oregón y los campos de Pasco durante las temporadas de uvas y moras. El trabajo es duro, dijo, pero gratificante.
“Es una belleza la agricultura” dijo Muñoz.
Su compromiso con el campo no cambió cuando se enfermó en el año 2021. Al principio, no se dio cuenta de la gravedad de sus síntomas.
Al día siguiente de que comenzaran los mareos, llamó a su supervisor para decirle que no iría a trabajar, suponiendo que tenía un resfriado. Muñoz se quedó en casa tres días antes de ir al hospital, donde dio positivo por COVID-19.
“No me di cuenta de que era tan grave, pero una vez que lo supe, decidí a manejar hasta la casa de mi hija en Vancouver porque no me sentía lo suficientemente bien como para estar solo,” dijo.
Unos días después, mientras su hija estaba en el trabajo, Muñoz dijo que la llamó con dificultades para respirar, sintiendo que podía morir.
“Sentía que la cabeza me iba a explotar y que me fallaban los pulmones,” dijo.
Muñoz no trabajó durante varios meses después de su diagnóstico. A pesar de los remedios caseros y la medicación, sigue experimentando efectos persistentes que dificultan su vida diaria y el trabajo de campo, que es físicamente exigente.
“Antes era corredor, pero ahora siento las piernas débiles. Ya no puedo correr,” dijo Muñoz. “También hay momentos, durante unos tres segundos, que se me olvida dónde estoy, y todavía siento mucha flema en los pulmones.”
Muñoz recibió la vacuna contra el COVID-19. Pero el Dr. Leo Morales, profesor de medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, dijo que los síntomas de el COVID persistente han sido constantes entre los latinos, incluidos los que trabajan en el campo, en parte porque muchos tardaron en acceder a la vacuna, algunos por desconfianza, otros por falta de seguro y por la inaccesibilidad.
Morales fue una de las investigadoras principales del estudio del Centro Latino para la Salud de la Universidad de Washington.
"En Latinoamérica, las vacunas son una estrategia muy conocida. La gente vacuna a sus hijos y se vacuna a sí misma. Sin embargo, existe cierto escepticismo en la comunidad latina,” afirmó Morales.
"Existe la preocupación de que 'la vacuna te contagiará la enfermedad'. Esa es una de las inquietudes... pero lidiar con las complicaciones derivadas de la falta de vacunas es mucho más costoso,” dijo.
Otro estudiar, parte del Estudio de Salud de los Trabajadores Agrícolas de California de 2022 informa que las malas condiciones de vida (especialmente para quienes viven en viviendas para trabajadores agrícolas) y la alta prevalencia de enfermedades, como la diabetes y la obesidad, también pueden aumentar el riesgo de padecer COVID-19 grave y COVID persistente.
"Los beneficios para la salud se traducen en productividad, paternidad, en fin, en todo tipo de actividades,” dijo Morales. "Los impactos pueden ser significativos".
Años después, los problemas respiratorios (y las facturas del hospital) persisten
En su casa en Sunnyside, los trabajadores agrícolas Lorena Avalos y su esposo, José León, estaban sentados a la mesa del comedor un día del mes pasado. Avalos jugueteaba con un inhalador mientras León recordaba cómo el coronavirus lo había llevado al hospital dos años atrás. La pareja había recibido la vacuna contra el COVID.
“Me da miedo volver a acabar en el hospital,” dijo Leon.
Antes de contraer el COVID-19, Leon afirmó que gozaba de buena salud y que rara vez se enfermaba. Incluso durante el primer año de la pandemia, evitó el contagio. Dijo que no fue hasta meses después de vacunarse que enfermó gravemente.
“Sentía que no podía respirar. Cuando fui al hospital, me pusieron un respirador para ayudarme a respirar,” dijo Leon. “Y luego terminé en el hospital de nuevo un mes después.”
Después de eso, según contó, los médicos le diagnosticaron asma. Luego desarrolló neumonía.
“No tenía nada de esto antes del COVID,” dijo.
Avalos afirmó haber dado positivo por el virus en cinco ocasiones y haber tenido problemas respiratorios desde su primera infección hace cuatro años.
También ha participado activamente en la comunidad a través de la organización United Farm Workers, ayudando a organizar y defender los derechos de los trabajadores agrícolas, y se ha pronunciado abiertamente sobre los problemas a los que se enfrentan estos trabajadores.
Avalos dijo que ha tenido casos de COVID con solo unos meses de diferencia.
“Me contagiaba de COVID cada pocos meses.”
Ambos dependen ahora de inhaladores para controlar los síntomas persistentes. Como no tienen seguro médico, pagan de su propio bolsillo, a pesar de que ya les resulta difícil cubrir los gastos mensuales. Cada inhalador cuesta unos 120 dólares, según León. Además, León sigue pagando sus facturas de hospitalización.
“Uso (mi inhalador) al menos tres veces por semana. En cuanto se me acaba, voy a comprar otro,” dijo.
Según el Departamento de Salud del Estado de Washington, actualmente hay aproximadamente 228.588 trabajadores agrícolas en el estado. El Instituto de Políticas Públicas del Estado de Washington estima que al menos el 39% de ellos no tienen seguro médico.
Según GoodRx, la vacuna contra el COVID-19 puede costar más de 200 dólares sin seguro médico, además de una tarifa administrativa.
El año pasado, se presentó en la Legislatura un proyecto de ley para abordar la equidad en la cobertura de salud, reconociendo que los inmigrantes —incluidos muchos trabajadores agrícolas— carecen de seguro médico de manera desproporcionada. El proyecto habría ampliado el acceso a la atención médica para las personas excluidas de los programas federales. Fue remitido a comisión en 2025, pero no se aprobó antes de que finalizara la sesión.
Este año, los legisladores volvieron a presentar un proyecto de ley más amplio sobre la negociación colectiva de los trabajadores agrícolas, que habría extendido los derechos sindicales a todos los trabajadores agrícolas del estado, pero no prosperó. El proyecto de ley no incluía disposiciones sobre atención médica.
Por ahora, trabajadores como Avalos y León andan controlando sus síntomas por su cuenta. Dicen que han modificado su dieta con la esperanza de evitar más visitas al hospital y aliviar sus problemas respiratorios.
Muñoz también intenta mantenerse activo. Camina por la ciudad, trata de comer saludable y escribe letras inspiradas en lo que ve en los campos mientras migra por el noroeste del Pacífico.
Dijo que su nieta se hizo enfermera después de verlo luchar contra el COVID-19 y que ahora a menudo le aconseja sobre cómo proteger su salud.
“Intento mantenerme activo todos los días para poder mantenerme sano y seguir trabajando en los campos creados por Dios,” dijo Muñoz.
Este reportaje forma parte de una beca de periodismo patrocinada por la Association of Health Care Journalists y financiada por el Commonwealth Fund.